SOY

  Soy el que sabe que no es menos vano
  que el vano observador que en el espejo
  de silencio y cristal sigue el reflejo
  o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.
  Soy, tácitos amigos, el que sabe
  que no hay otra venganza que el olvido
  ni otro perdón. Un dios ha concedido
  al odio humano esta curiosa llave.
  Soy el que pese a tan ilustres modos
  de errar, no ha descifrado el laberinto
  singular y plural, arduo y distinto,
  del tiempo, que es de uno y es de todos.
  Soy el que es nadie, el que no fue una espada
  en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

  • Localización del texto:

Este poema titulado Soy pertenece a la obra La Rosa profunda publicado por Jorge Luis Borges en 1975, cuya vida y obra son muy difíciles de abarcar en su totalidad. Nacido en Buenos Aires en 1899 en una familia donde se cultivaba la literatura, Borges se convertiría en uno de los escritores latinoamericanos más importantes, con el que “la narrativa en América Latina alcanza su madurez”[1]. Una de sus obras célebres es El Aleph, uno de las obras donde el autor reúne una serie de cuentos a través de los cuales expresa su inquietud por muchos temas frecuentes en él, y que veremos a continuación.

  • Relación temática con El Aleph: estructura del poema.

Los cuentos de Borges “encierran, en efecto, un significado, una visión de la existencia humana”[2], que encontramos también en este poema. El yo poético está en búsqueda de su propia identidad, que se reitera con el empleo del verbo ser en primera persona al inicio de las tres primeras estrofas, y dos veces en el último terceto (“Soy el que es nadie” y “Soy eco”). Esta búsqueda estará presente durante toda la obra de Borges que busca su propia autodefinición. En cada una de las cuatro estrofas el poeta explica su identidad con uno de los temas más característicos de Borges en toda su obra: el espejo, el olvido, Dios, la eternidad, el laberinto, el tiempo, lo absoluto…

En la primera estrofa utiliza el tema del espejo para buscar su identidad. Se siente un vano observador de la realidad que lo rodea, en un espejo en el que encuentra silencio y pocas respuestas. Esta misma identidad es buscada por Otto Dietrich, subdirector de un campo de concentración nazi, que narra su último día antes de morir en el cuento “Deutsches Requiem”. Acaba su narración con la siguiente cita: “Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no”. Esta búsqueda de la propia identidad del poeta parece culminada en el cuento “El Aleph” cuando el personaje Borges encuentra la esfera en la casa y dice: “vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó”. De esta manera, el espejo es un símbolo significativo para Borges, utilizado en muchos más de los cuentos de El Aleph.

El olvido es para el poeta en la segunda estrofa una espada de doble filo. De la misma manera que sirve para perdonar, también es un arma que tiene el ser humano para vengarse. Lo peor que le puede pasar al ser humano tras la muerte es el olvido de su existencia. Sin embargo, el autor utiliza con ambigüedad este término, ya que es consciente que en algunos casos es mejor olvidar. Esto es lo que siente Marco Flimio Rufo, al narrar su historia de la búsqueda de la ciudad de los inmortales en el cuento “El inmortal”. Tras encontrar la ciudad, la detesta y quiere regresar. La ansiedad producida por ese regreso hace que se active en él el mecanismo del olvido. Por eso dice: “Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas”. Con este mismo mecanismo acaba, antes de la posdata final, la historia del protagonista de “El Aleph”, que tras salir de la casa de Carlos Argentino, con el miedo a no sorprenderse nunca jamás, dice: “Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido”. Así se siente también el poeta al final del verso que se identifica a sí mismo con el olvido.

En la tercera estrofa el poeta se siente limitado ante su interpretación del laberinto. Este recinto ha sido usado con mucha asiduidad por el autor, por ejemplo, en la entrada a la ciudad de los inmortales donde Marco se encuentro con “un exiguo y nítido laberinto” con ocho puertas para entrar a la ciudad. También se compara con Londres en “El aleph”. Haré referencia a los dos cuentos que contienen el laberinto en su título: “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto” y “Los dos reyes y los dos laberintos”. En el primero, encontramos dos historias narradas por Dunraven y Unwin sobre Abenjacán. Ambos comparan la casa con un laberinto, en cuyo centro se esconde el protagonista con el tesoro. Este laberinto inexistente contrasta con el gran laberinto construido en la segunda historia por el rey de las islas de Babilonia donde hace que se pierda el rey de Arabia. Este último no poseía ningún laberinto, pero sí un infinito desierto donde muere su enemigo.

El poeta descubre en el segundo terceto que el laberinto que no ha sido capaz de descifrar es el del tiempo. El tema del tiempo aparece en “Los teólogos” como uno de los temas heréticos que Aureliano tenía que rebatir. Los monótonos creían en la existencia de un tiempo circular. Pero quizás el cuento que más se asemeja al sentimiento que quiere expresar el poeta en este verso es “La escritura de Dios”. El mago Tzinacán quiere descifrar en su prisión, al igual que en el poema, el mensaje cifrado que Dios ha puesto en la piel de los jaguares. Solo la experiencia mística le hará salir de las tinieblas en la que se encuentra. Su unión con Dios le hará descubrir el inefable enigma del universo, que como en “El Aleph” supone el mayor descubrimiento del protagonista, pero que al igual que en el personaje de Borges, muere con él.  Ese misterio insondable de la realidad que busca el poeta muere con él por su incapacidad de ser expresado. Acaba el poema diciendo: “Soy eco, olvido, nada”, llegando a la misma conclusión que supone ser inmortal en “El inmortal”, donde Marco llega a la conclusión de que “entre los inmortales, en cambio, cada acto es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron”.

  • Análisis estilístico del poema:

Tras el breve análisis y comparación con algunos cuentos con la temática del poema, vamos a proceder al análisis estructural y estilístico del poema. Es un soneto, compuesto por dos cuartetos y dos tercetos con rima consonante ABBA, CDDC, EFF, EGG de versos endecasílabos.  Llama la atención la gran cantidad de encabalgamientos abruptos que aparecen en el poema, como “espejo de silencio” en el segundo y tercer versos, o “laberinto singular y plural, arduo y distinto, del tiempo”. Con este tipo de encabalgamiento el poeta proporciona al poema lentitud para introducir ese halo de misterio que quiere dar al poema.

Otro de los recursos estilísticos más importantes del poema es la estructura anafórica que emplea en todos los versos a través de la subordinada “Soy el que sabe que no…”, que en los tercetos se convierten en “Soy el que…no ha descifrado” o “Soy el que…no fue una espada”. Este recurso de repetición es imprescindible para entender la búsqueda de identidad que el poeta hace en el poema, que acaba en el último terceto diciendo “Soy el que es nadie”. Así demuestra que sabe lo que no es, pero no lo que es. Es consciente de su límite y por eso acaba identificándose con el eco, el olvido y la nada.

Esa ansiedad que siente ante esta limitación y su identificación final se acentúa con el uso del asíndeton, que agiliza la llegada del hastío final. Esta ambigüedad ante la existencia se refleja mediante el uso de paradojas o aparentes contradicciones como en “Soy el que es nadie”. También se contradicen los adjetivos del final del primer terceto con el uso de la antítesis: “singular y plural, arduo y distinto”. Con este paralelismo que unifica dos adjetivos aparentemente contradictorios se muestra esa ambigüedad de la búsqueda en el laberinto. También utiliza otros recursos como la metonimia del penúltimo verso: “no fue una espada en la guerra”, ya que el poeta siente que no ha sido un luchador ante la limitación de su propio ser.

Acabo el comentario refiriéndome al apóstrofe de la segunda estrofa: “tácitos amigos”, con el que el poeta, que busca ansioso el sentido de su ser, invoca al lector del poema a través de esta apelación. En esta búsqueda el autor se siente solo, rodeado del silencio de todo y de todos los que lo rodean. Quiere invitar al lector a salir de ese silencio y desinterés, y a iniciar este camino de búsqueda, como el poeta, aunque sepa que el final será ambiguo e incierto.

BIBLIOGRAFIA

Oviedo, José Miguel. Historia de la literatura hispanoamericana, 3. Postmodernismo, Vanguardia, Regionalismo, Ed. Alianza Textos, Madrid, 2001.

Shaw, Donal L. Nueva narrativa hispanoamericana: Boom. Posboom. Posmodernismo, Cátedra, Madrid, 2008.


[1] Shaw, 2008, p. 44.

[2] Shaw, 2008, p. 39.

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